Trends
Cada semana abordamos un tema de actualidad a partir de una o varias gráficas
¿Cuánto cuesta la USAC?
En medio de la polémica reelección de Walter Mazariegos en la USAC, sería interesante hacer una pregunta relacionada, pero distinta: con la insólita politización de la universidad pública, ¿cuánto le está costando al tributario un estudiante de la USAC?
La mayoría de los ingresos de la USAC proviene de nuestros impuestos, mediante aportes constitucionales y extraordinarios (que, en realidad, se volvieron ordinarios, es decir, parte del aporte anual).
La USAC recibe más de Q3,500 millones en impuestos. Cada guatemalteco adulto, en promedio, aporta más de Q300 al año a la USAC. Si dividimos esos aportes solo entre la población económicamente activa (PEA), cada persona económicamente activa aporta más de Q400 al año.
Pero, ¿cuánto es por estudiante? ¿Cómo compara el costo por estudiante de la USAC con el de una universidad privada?
En una universidad (privada) de bastante renombre, entre inscripción y cuotas mensuales, el costo por estudiante equivale a Q10,600 al año. Claro, en este caso lo paga el propio estudiante, por ser una universidad privada, o sus padres, mientras que la USAC la pagamos todos, mediante impuestos. El costo por estudiante en la USAC es de Q16,205 al año: es 53 % más cara la USAC que una universidad privada equivalente.
Esto revela la ineficiencia del Estado: las universidades privadas pueden atender estudiantes a un menor costo y, además, ofrecer mejores instalaciones que la universidad pública. Aun así, la universidad pública cuesta 53 % más por estudiante que una universidad privada equivalente.
Y eso que una universidad privada difícilmente podría cerrar por meses o años: si lo hiciera, dejaría de percibir ingresos y no podría pagar a sus profesores. En cambio, como la USAC se financia mediante impuestos, cerrar la universidad por meses o años es a costa del contribuyente: el personal y los profesores siguen percibiendo sus ingresos, mientras los estudiantes dejan de recibir educación.
¿La solución? Si se va a subvencionar la educación superior, que se subvencione la demanda y no la oferta; es decir, vales educativos para que los estudiantes puedan usarlos en universidades privadas. Así nos ahorraríamos 53 % en impuestos, o unos Q200 al año por trabajador guatemalteco, y el estudiante ganaría libertad de elección, en lugar de quedar cautivo de una universidad que puede pasar meses o años sin dar clases.
¿Fracasó el estado de sitio?
El presidente Arévalo declaró un estado de sitio a nivel nacional por 30 días, del domingo 18 de enero al 16 de febrero de 2026, tras motines en las cárceles y diez ataques simultáneos contra agentes de la PNC en las calles guatemaltecas. El estado de sitio fue ratificado por el Congreso. Posteriormente, se decretaron dos estados de prevención, también a nivel nacional, por un total de 30 días adicionales, hasta el 19 de marzo. Por ahora, persiste un estado de prevención, pero únicamente en seis departamentos.
En otras palabras, llevamos más de 60 días bajo estado de excepción. Un estado de excepción permite al presidente limitar y/o suspender ciertos derechos ciudadanos. El estado de guerra es el más radical, seguido por el estado de sitio —recuerde que «sitio» es un término bélico—.
Todo esto ocurre con El Salvador como telón de fondo, donde se han implementado ciertas políticas de seguridad bajo un régimen de excepción que ya lleva vigente cuatro años. Aunque es controversial, este régimen ha permitido al gobierno reducir la delincuencia a niveles sin precedentes. La tasa de homicidios en El Salvador está por debajo de 1 por cada 100,000 habitantes, unas 20 veces menor que la de Guatemala. Esto ha convertido a El Salvador en un país más seguro que Canadá.
Pero ¿realmente han bajado los homicidios en Guatemala? A pesar del optimismo del gobierno, parece que no. Veamos los datos de dos fuentes distintas para comprobar si coinciden: los de la Policía Nacional Civil —PNC— y los del INACIF —necropsias—.
Aunque es cierto que en los primeros días tras el estado de sitio los homicidios bajaron, el repunte no tardó en llegar. La semana más reciente, con 66 homicidios según la PNC, nos colocaría en una tasa superior a 19 homicidios por cada 100,000 habitantes, es decir, 10 % más que en 2025, de por sí un año repleto de violencia en las calles.
Seguiremos siendo unas 20 veces más inseguros que El Salvador, como sugieren los homicidios, pese al estado de sitio. Un estado de excepción, si no viene acompañado de políticas de seguridad efectivas, no resuelve nada por sí solo.
¿Burbuja bursátil o potencia económica indiscutida?
Cuando observamos la gráfica que compara el desempeño bursátil de China y Estados Unidos desde 2015, lo primero que salta a la vista es la divergencia brutal entre ambos mercados. El MSCI China prácticamente no se ha movido en diez años, atrapado en una meseta interminable. El S&P 500 y el Nasdaq, en cambio, han escalado a niveles difíciles de ignorar. Pero el contraste, lejos de ofrecer respuestas simples, abre preguntas incómodas: ¿refleja Estados Unidos una economía vigorosa y creativa… o un mercado tan exuberante que ya empieza a oler a sobrevaloración? ¿Y el estancamiento chino es señal de debilidad estructural… o simplemente una corrección prolongada tras años de expectativas desmedidas?
La realidad es más matizada. Por un lado, el desempeño chino sí muestra problemas profundos: incertidumbre regulatoria, intervencionismo político, un sector inmobiliario implosionado y una evidente pérdida de confianza por parte de inversores globales. Todo eso dificulta que el mercado recupere tracción. Pero tampoco sería serio ignorar que China sigue siendo una potencia manufacturera, con capacidad tecnológica creciente y con empresas que, en condiciones institucionales más predecibles, probablemente valdrían mucho más.
Por el otro lado, el rally estadounidense tiene fundamentos reales —innovación, productividad, liderazgo tecnológico—, pero también señales de agotamiento: múltiplos de valoración tensos, concentración extrema (el famoso “Magnificent Seven”), y un mercado que depende cada vez más de expectativas sobre inteligencia artificial que quizá tardarán años en materializarse plenamente. No es absurdo preguntarse si parte de ese crecimiento responde más a liquidez abundante y narrativas optimistas que a un aterrizaje claro en los estados financieros.
La gráfica, por tanto, no cuenta una historia de buenos y malos, sino de modelos diferentes enfrentando sus propios límites. China muestra lo que pasa cuando el poder político invade el mercado hasta estrangular la confianza. Estados Unidos muestra lo que pasa cuando la innovación desata un boom que, como todo boom, corre el riesgo de inflarse más de la cuenta.
La pregunta final no es si uno está “bien” y el otro “mal”, sino otra más incómoda: ¿estamos viendo la prueba de que la libertad económica sostiene el dinamismo… o el preludio de una corrección dolorosa en un mercado que ha corrido demasiado rápido? La respuesta, por ahora, sigue abierta.
Trends
Cada semana abordamos un tema de actualidad a partir de una o varias gráficas
¿Cuánto cuesta la USAC?
En medio de la polémica reelección de Walter Mazariegos en la USAC, sería interesante hacer una pregunta relacionada, pero distinta: con la insólita politización de la universidad pública, ¿cuánto le está costando al tributario un estudiante de la USAC?
La mayoría de los ingresos de la USAC proviene de nuestros impuestos, mediante aportes constitucionales y extraordinarios (que, en realidad, se volvieron ordinarios, es decir, parte del aporte anual).
La USAC recibe más de Q3,500 millones en impuestos. Cada guatemalteco adulto, en promedio, aporta más de Q300 al año a la USAC. Si dividimos esos aportes solo entre la población económicamente activa (PEA), cada persona económicamente activa aporta más de Q400 al año.
Pero, ¿cuánto es por estudiante? ¿Cómo compara el costo por estudiante de la USAC con el de una universidad privada?
En una universidad (privada) de bastante renombre, entre inscripción y cuotas mensuales, el costo por estudiante equivale a Q10,600 al año. Claro, en este caso lo paga el propio estudiante, por ser una universidad privada, o sus padres, mientras que la USAC la pagamos todos, mediante impuestos. El costo por estudiante en la USAC es de Q16,205 al año: es 53 % más cara la USAC que una universidad privada equivalente.
Esto revela la ineficiencia del Estado: las universidades privadas pueden atender estudiantes a un menor costo y, además, ofrecer mejores instalaciones que la universidad pública. Aun así, la universidad pública cuesta 53 % más por estudiante que una universidad privada equivalente.
Y eso que una universidad privada difícilmente podría cerrar por meses o años: si lo hiciera, dejaría de percibir ingresos y no podría pagar a sus profesores. En cambio, como la USAC se financia mediante impuestos, cerrar la universidad por meses o años es a costa del contribuyente: el personal y los profesores siguen percibiendo sus ingresos, mientras los estudiantes dejan de recibir educación.
¿La solución? Si se va a subvencionar la educación superior, que se subvencione la demanda y no la oferta; es decir, vales educativos para que los estudiantes puedan usarlos en universidades privadas. Así nos ahorraríamos 53 % en impuestos, o unos Q200 al año por trabajador guatemalteco, y el estudiante ganaría libertad de elección, en lugar de quedar cautivo de una universidad que puede pasar meses o años sin dar clases.
¿Fracasó el estado de sitio?
El presidente Arévalo declaró un estado de sitio a nivel nacional por 30 días, del domingo 18 de enero al 16 de febrero de 2026, tras motines en las cárceles y diez ataques simultáneos contra agentes de la PNC en las calles guatemaltecas. El estado de sitio fue ratificado por el Congreso. Posteriormente, se decretaron dos estados de prevención, también a nivel nacional, por un total de 30 días adicionales, hasta el 19 de marzo. Por ahora, persiste un estado de prevención, pero únicamente en seis departamentos.
En otras palabras, llevamos más de 60 días bajo estado de excepción. Un estado de excepción permite al presidente limitar y/o suspender ciertos derechos ciudadanos. El estado de guerra es el más radical, seguido por el estado de sitio —recuerde que «sitio» es un término bélico—.
Todo esto ocurre con El Salvador como telón de fondo, donde se han implementado ciertas políticas de seguridad bajo un régimen de excepción que ya lleva vigente cuatro años. Aunque es controversial, este régimen ha permitido al gobierno reducir la delincuencia a niveles sin precedentes. La tasa de homicidios en El Salvador está por debajo de 1 por cada 100,000 habitantes, unas 20 veces menor que la de Guatemala. Esto ha convertido a El Salvador en un país más seguro que Canadá.
Pero ¿realmente han bajado los homicidios en Guatemala? A pesar del optimismo del gobierno, parece que no. Veamos los datos de dos fuentes distintas para comprobar si coinciden: los de la Policía Nacional Civil —PNC— y los del INACIF —necropsias—.
Aunque es cierto que en los primeros días tras el estado de sitio los homicidios bajaron, el repunte no tardó en llegar. La semana más reciente, con 66 homicidios según la PNC, nos colocaría en una tasa superior a 19 homicidios por cada 100,000 habitantes, es decir, 10 % más que en 2025, de por sí un año repleto de violencia en las calles.
Seguiremos siendo unas 20 veces más inseguros que El Salvador, como sugieren los homicidios, pese al estado de sitio. Un estado de excepción, si no viene acompañado de políticas de seguridad efectivas, no resuelve nada por sí solo.
¿Burbuja bursátil o potencia económica indiscutida?
Cuando observamos la gráfica que compara el desempeño bursátil de China y Estados Unidos desde 2015, lo primero que salta a la vista es la divergencia brutal entre ambos mercados. El MSCI China prácticamente no se ha movido en diez años, atrapado en una meseta interminable. El S&P 500 y el Nasdaq, en cambio, han escalado a niveles difíciles de ignorar. Pero el contraste, lejos de ofrecer respuestas simples, abre preguntas incómodas: ¿refleja Estados Unidos una economía vigorosa y creativa… o un mercado tan exuberante que ya empieza a oler a sobrevaloración? ¿Y el estancamiento chino es señal de debilidad estructural… o simplemente una corrección prolongada tras años de expectativas desmedidas?
La realidad es más matizada. Por un lado, el desempeño chino sí muestra problemas profundos: incertidumbre regulatoria, intervencionismo político, un sector inmobiliario implosionado y una evidente pérdida de confianza por parte de inversores globales. Todo eso dificulta que el mercado recupere tracción. Pero tampoco sería serio ignorar que China sigue siendo una potencia manufacturera, con capacidad tecnológica creciente y con empresas que, en condiciones institucionales más predecibles, probablemente valdrían mucho más.
Por el otro lado, el rally estadounidense tiene fundamentos reales —innovación, productividad, liderazgo tecnológico—, pero también señales de agotamiento: múltiplos de valoración tensos, concentración extrema (el famoso “Magnificent Seven”), y un mercado que depende cada vez más de expectativas sobre inteligencia artificial que quizá tardarán años en materializarse plenamente. No es absurdo preguntarse si parte de ese crecimiento responde más a liquidez abundante y narrativas optimistas que a un aterrizaje claro en los estados financieros.
La gráfica, por tanto, no cuenta una historia de buenos y malos, sino de modelos diferentes enfrentando sus propios límites. China muestra lo que pasa cuando el poder político invade el mercado hasta estrangular la confianza. Estados Unidos muestra lo que pasa cuando la innovación desata un boom que, como todo boom, corre el riesgo de inflarse más de la cuenta.
La pregunta final no es si uno está “bien” y el otro “mal”, sino otra más incómoda: ¿estamos viendo la prueba de que la libertad económica sostiene el dinamismo… o el preludio de una corrección dolorosa en un mercado que ha corrido demasiado rápido? La respuesta, por ahora, sigue abierta.