Mina San Rafael y la explotación capitalista

mineria

El cese de operaciones de la mina San Rafael es un episodio más del eterno drama que evita que Guatemala tome el sendero del crecimiento económico.

La teoría económica es muy clara al respecto, mayores tasas de capitalización llevan a mayor productividad del trabajo, lo cual a su vez lleva a salarios más altos. Para que exista más capital es necesario que existan reglas que protejan fehacientemente la propiedad privada y que estas reglas sean estables.

Aunque hay mil elementos más en la ecuación (por ejemplo, evitar desperdiciar capital mediante engaños monetarios), a grandes rasgos el problema es relativamente simple; es necesario atraer inversión y aumentar la capitalización.

La capitalización puede ser llevada a cabo mediante ahorros internos (industrialización s.XVIII en Inglaterra) o mediante ahorros externos (industrialización España franquista). Cualquiera de las dos vías es factible.

El propósito de este artículo no es explicar lo que todo conocedor de la ciencia económica ya sabe, sino explicar económicamente el sentido de explotación que sienten los que por regla general más se benefician de la inversión.

Inversión en áreas atrasadas como sinónimo de control colonial.

La inversión en áreas atrasadas (si, las áreas pobres son atrasadas) de Guatemala se ve con malos ojos por los pobladores del lugar. No importa si son empresas internacionales o capitalinas.

La inversión en el área atrasada es vista como una especie de control colonial. Se extiende además una visión de que los beneficios de la inversión se reparten de forma injusta.

Existen dos motivos que explican este sentimiento de explotación. Este sentimiento de explotación es muchas veces genuino y otras muchas veces alentado desde diversas ONGs.

Monopsonio de demanda de trabajo.

Un monopsonio es un “monopolio de demanda”. Los inversores foráneos tendrían una especie de poder para fijar salarios muy por debajo del mínimo aceptable ya que ellos controlan la demanda de trabajo en un el área objeto de inversión [1].

La teoría del monopsonio de demanda hunde sus raíces en la teoría de la explotación marxista. Los dueños de los medios de producción (inversores) estarían imponiendo su voluntad sobre los depauperados trabajadores.

El problema de esta teoría es que no toma en cuenta que, en caso de existir ese monopsonio de demanda de trabajo, el mismo se ve debilitado (e incluso dinamitado) por la introducción de inversión externa.

La nueva inversión externa compite por las fuentes de trabajo con los demandantes de trabajo ya establecidos en el lugar. Si los trabajadores antes tenían una sola opción (monopsonio de demanda de trabajo), ahora tienen dos.

Si las nuevas empresas necesitan mano de obra tienen que competir con la demanda de trabajo local, y sólo pueden “ganar” en su competencia si ofrecen salarios más altos.

Más grave aún es considerar el caso donde los trabajadores no tenían ninguna opción más que el siempre precario autoempleo (que usualmente conlleva agricultura de subsistencia, sinónimo de pobreza extrema). En este caso la inversión extranjera les proporciona la única vía de escape al círculo de la pobreza[2].

El apego precapitalista de las sociedades pobres a la tierra

Las culturas precapitalistas (es decir pobres) tienen un apego especial a la tierra. Este apego es lógico si consideramos que cuando la industrialización aún no ha aparecido, la tierra es la única fuente de renta y riqueza.

Ahora bien, la tierra, para alcanzar su máximo rendimiento y valor como factor de producción necesita de la complementariedad de otros tipos de capital.

De nada vale tener mucha tierra si no existen medios de transporte, maquinaria o conocimiento para extraer el máximo rendimiento de la tierra.

Es aquí donde se desvanecen todas las paradojas entre países pobres pero ricos en recursos naturales. Sin capital complementario los recursos naturales no valen nada.

Si queremos que los países ricos en recursos naturales sean realmente ricos, es necesario que atraigan inversión complementaria. Para ello es necesario que exista una protección a la propiedad privada y que las reglas y normativas sean amigables para la creación de nuevas empresas y que dichas reglas sean estables.

Aumento de valor de las tierras y sentimiento de explotación.

Este es, posiblemente, la principal causa de problemas de la inversión externa en áreas atrasadas.

Siempre que un recurso se desvía de un uso a otro más rentable existe una ganancia de capital igual a la diferencia en el ingreso futuro entre el uso menos rentable y el más rentable.

Las empresas compran la tierra a los pueblos indígenas al precio actual, es decir al precio de los servicios que actualmente proporciona dicha tierra (usualmente bajo ya que la ausencia de capital complementario hace que su fruto o rendimiento sea muy bajo).

La incorporación de dicha tierra a un esquema productivo más amplio y más rentable hace que los servicios que proporciona la tierra aumenten de valor y por ende el precio de la tierra se dispare.

Esas ganancias de capital se van por completo a los actuales dueños de los recursos. El reparto de estas ganancias de capital en forma de dividendos y bonus suele ser lo que provoca las acusaciones de colonialismo e injusta repartición de beneficios de la inversión.

Parece que los dueños originarios, unidos de una forma casi mística a la tierra son desprovistos de la misma justo cuando más rendimientos proporciona.

Sin embargo, de no haber existido inversión, nunca habría aumentado el precio de la tierra. Los pobladores originarios, ahora contratados por un salario superior al que percibían antes, seguirían siendo pobres y dueños de un pedazo de tierra que no vale nada.

Conclusión

La inversión externa no causa un monopsonio de demanda de trabajo, más bien aumenta la competencia por el trabajo.

La inversión externa causa endógenamente un aumento en el precio de la tierra al incrementar la productividad de la misma con capital complementario.

Los propietarios originarios pertenecientes a pueblos precapitalistas tienen un apego místico a la tierra. Está en su mano superar el misticismo o continuar siendo pobres y desnutridos.

Impedir la explotación de la mina San Rafael (o de cualquier otro proyecto de inversión que aumente la capitalización por trabajador) sólo alimenta el círculo de la pobreza.

[1] Usualmente el mínimo aceptable se considera una canasta básica o el mínimo para mantener una familia media.
[2] Aunque puedan seguir considerándose pobres si es que no llegan a las canastas básicas, existe una mejora sustancial en comparación con la situación de la agricultura de subsistencia.

 

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Daniel Fernández

Daniel Fernández

Daniel Fernández es profesor de economía en la Universidad Francisco Marroquín e imparte cursos de teoría monetaria y bancaria, ciclo económico, teorías de capital, microeconomía y econometría. Es doctorando en economía aplicada en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es máster en economía de la escuela austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos y es máster en economía aplicada por la Universidad de Alcalá.


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1 Comentario

  1. Alan Cosillo el 21 julio, 2017 a las 4:01 pm

    Parte de premisas no adecuadas, el libre mercado se base en que todos los actores tienen la información adecuada para hacer sus transacciones. Si yo llego a su casa y le digo mire quiero comprarle, yo se que no la quiere vender, pero necesito su terreno para esta u otra actividad (que en no son ciertas), y deliberadamente no le digo que bajo su terreno hay un mineral que me interesa y que tiene cierto valor. El otro truco del libre mercado, es que se supone que muchas transacciones tienen impuestos, que se supone será un forma del Estado de cambiar capital natural por capital económico. Pero la empresa que compra el terreno se inscribe en la ley de la maquila por diez años para evitar o decrementar el pago de impuestos. Al final, resulta que le da una nada en quetzales por su terreno, no le dieron las regalías por haber utilizado su terreno ya que se lo compraron con engaños. Eso hace que las comunidades se sientan robadas, ya que si el juego fuera ganar-ganar, en la ecuación todos ganan, y se acaba en el entuerto. En el caso de la mina Marlin las propiedades se compraron a cuatro veces en supuesto valor de venta, pero nunca le dijeron a los pobladores que había oro en sus terrenos, y peor aún si lo hubieran sabido, no sabían como negociar y al final los hubieran engañado de todos modos. En los negocios, si estos se hacen con engaños, todo el que tiene un negocio sabe que puede demandar, pero resulta que las comunidades no son escuchadas, no hay apego sentimental, más bien es un engaño que al final repercute en toda la industria de la minería, y a todo minero se le tiene mala entraña, ya que sus actuaciones no son transparentes socialmente.

    Hay otro mito peor, las empresas dicen que pagan sus impuestos, pero en minerales preciosos, se adscriben a leyes que les permiten no pagar impuestos. O bien se inscriben al 7% de ISR, que supone utilidad aproximada del 30%, pero resulta que tuvo utilidades del 80%, hay diferencial alto que no paga ISR. Jugando a las grandes finanzas, el país exporta utilidades, y en la casa matriz utilizan el exceso de utilidades para repartirlas a nivel de toda la corporación. En el país pasan esas insensateces que si bien son legales, no inmorales.

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