Daniel FernándezDaniel Fernández / 12 de julio del 2017

Mina San Rafael y la explotación capitalista

mineria

El cese de operaciones de la mina San Rafael es un episodio más del eterno drama que evita que Guatemala tome el sendero del crecimiento económico.

La teoría económica es muy clara al respecto, mayores tasas de capitalización llevan a mayor productividad del trabajo, lo cual a su vez lleva a salarios más altos. Para que exista más capital es necesario que existan reglas que protejan fehacientemente la propiedad privada y que estas reglas sean estables.

Aunque hay mil elementos más en la ecuación (por ejemplo, evitar desperdiciar capital mediante engaños monetarios), a grandes rasgos el problema es relativamente simple; es necesario atraer inversión y aumentar la capitalización.

La capitalización puede ser llevada a cabo mediante ahorros internos (industrialización s.XVIII en Inglaterra) o mediante ahorros externos (industrialización España franquista). Cualquiera de las dos vías es factible.

El propósito de este artículo no es explicar lo que todo conocedor de la ciencia económica ya sabe, sino explicar económicamente el sentido de explotación que sienten los que por regla general más se benefician de la inversión.

Inversión en áreas atrasadas como sinónimo de control colonial.

La inversión en áreas atrasadas (si, las áreas pobres son atrasadas) de Guatemala se ve con malos ojos por los pobladores del lugar. No importa si son empresas internacionales o capitalinas.

La inversión en el área atrasada es vista como una especie de control colonial. Se extiende además una visión de que los beneficios de la inversión se reparten de forma injusta.

Existen dos motivos que explican este sentimiento de explotación. Este sentimiento de explotación es muchas veces genuino y otras muchas veces alentado desde diversas ONGs.

Monopsonio de demanda de trabajo.

Un monopsonio es un “monopolio de demanda”. Los inversores foráneos tendrían una especie de poder para fijar salarios muy por debajo del mínimo aceptable ya que ellos controlan la demanda de trabajo en un el área objeto de inversión [1].

La teoría del monopsonio de demanda hunde sus raíces en la teoría de la explotación marxista. Los dueños de los medios de producción (inversores) estarían imponiendo su voluntad sobre los depauperados trabajadores.

El problema de esta teoría es que no toma en cuenta que, en caso de existir ese monopsonio de demanda de trabajo, el mismo se ve debilitado (e incluso dinamitado) por la introducción de inversión externa.

La nueva inversión externa compite por las fuentes de trabajo con los demandantes de trabajo ya establecidos en el lugar. Si los trabajadores antes tenían una sola opción (monopsonio de demanda de trabajo), ahora tienen dos.

Si las nuevas empresas necesitan mano de obra tienen que competir con la demanda de trabajo local, y sólo pueden “ganar” en su competencia si ofrecen salarios más altos.

Más grave aún es considerar el caso donde los trabajadores no tenían ninguna opción más que el siempre precario autoempleo (que usualmente conlleva agricultura de subsistencia, sinónimo de pobreza extrema). En este caso la inversión extranjera les proporciona la única vía de escape al círculo de la pobreza[2].

El apego precapitalista de las sociedades pobres a la tierra

Las culturas precapitalistas (es decir pobres) tienen un apego especial a la tierra. Este apego es lógico si consideramos que cuando la industrialización aún no ha aparecido, la tierra es la única fuente de renta y riqueza.

Ahora bien, la tierra, para alcanzar su máximo rendimiento y valor como factor de producción necesita de la complementariedad de otros tipos de capital.

De nada vale tener mucha tierra si no existen medios de transporte, maquinaria o conocimiento para extraer el máximo rendimiento de la tierra.

Es aquí donde se desvanecen todas las paradojas entre países pobres pero ricos en recursos naturales. Sin capital complementario los recursos naturales no valen nada.

Si queremos que los países ricos en recursos naturales sean realmente ricos, es necesario que atraigan inversión complementaria. Para ello es necesario que exista una protección a la propiedad privada y que las reglas y normativas sean amigables para la creación de nuevas empresas y que dichas reglas sean estables.

Aumento de valor de las tierras y sentimiento de explotación.

Este es, posiblemente, la principal causa de problemas de la inversión externa en áreas atrasadas.

Siempre que un recurso se desvía de un uso a otro más rentable existe una ganancia de capital igual a la diferencia en el ingreso futuro entre el uso menos rentable y el más rentable.

Las empresas compran la tierra a los pueblos indígenas al precio actual, es decir al precio de los servicios que actualmente proporciona dicha tierra (usualmente bajo ya que la ausencia de capital complementario hace que su fruto o rendimiento sea muy bajo).

La incorporación de dicha tierra a un esquema productivo más amplio y más rentable hace que los servicios que proporciona la tierra aumenten de valor y por ende el precio de la tierra se dispare.

Esas ganancias de capital se van por completo a los actuales dueños de los recursos. El reparto de estas ganancias de capital en forma de dividendos y bonus suele ser lo que provoca las acusaciones de colonialismo e injusta repartición de beneficios de la inversión.

Parece que los dueños originarios, unidos de una forma casi mística a la tierra son desprovistos de la misma justo cuando más rendimientos proporciona.

Sin embargo, de no haber existido inversión, nunca habría aumentado el precio de la tierra. Los pobladores originarios, ahora contratados por un salario superior al que percibían antes, seguirían siendo pobres y dueños de un pedazo de tierra que no vale nada.

Conclusión

La inversión externa no causa un monopsonio de demanda de trabajo, más bien aumenta la competencia por el trabajo.

La inversión externa causa endógenamente un aumento en el precio de la tierra al incrementar la productividad de la misma con capital complementario.

Los propietarios originarios pertenecientes a pueblos precapitalistas tienen un apego místico a la tierra. Está en su mano superar el misticismo o continuar siendo pobres y desnutridos.

Impedir la explotación de la mina San Rafael (o de cualquier otro proyecto de inversión que aumente la capitalización por trabajador) sólo alimenta el círculo de la pobreza.

[1] Usualmente el mínimo aceptable se considera una canasta básica o el mínimo para mantener una familia media.
[2] Aunque puedan seguir considerándose pobres si es que no llegan a las canastas básicas, existe una mejora sustancial en comparación con la situación de la agricultura de subsistencia.

 

AVISO IMPORTANTE: El análisis contenido en este artículo es obra exclusiva de su autor. Las aseveraciones realizadas no son necesariamente compartidas ni son la postura oficial de la UFM.

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Daniel Fernández

Daniel Fernández es el fundador de UFM Market Trends y profesor de economía en la Universidad de las Hespérides. Tiene un doctorado en economía aplicada en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid y también era un fellow en el Mises Institute. Tiene un máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos y un máster en Economía Aplicada por la Universidad de Alcalá en Madrid.

Daniel Fernández

Daniel Fernández es el fundador de UFM Market Trends y profesor de economía en la Universidad de las Hespérides. Tiene un doctorado en economía aplicada en la Universidad Rey Juan Carlos en Madrid y también era un fellow en el Mises Institute. Tiene un máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos y un máster en Economía Aplicada por la Universidad de Alcalá en Madrid.