Las diferentes aproximaciones al problema de la corrupción

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Lo primero que debe decirse en este artículo es que no existe país sin corrupción. Todos los países, sin excepción alguna, experimentan el fenómeno de la corrupción en sus esferas públicas y privadas. Tampoco es cierto que solamente en la esfera gubernamental exista corrupción, pues ha habido muchos casos de corrupción dentro de empresas y organizaciones no gubernamentales. Este artículo tratará la primera de esas esferas, porque se reconoce que la corrupción gubernamental es más dañina que la privada ya que sus alcances son mayores.

El enfoque de este artículo, que es parte de una serie de artículos sobre la corrupción, es sobre la relación entre la corrupción gubernamental y el nivel de bienestar de los ciudadanos. Esta pregunta es importantísima porque existe cierto mantra popular que da total importancia a la lucha radical contra la corrupción. Si la corrupción fuera el único mal que aqueja a los países pobres, acabar con ella sería la solución para conseguir finalmente un añorado mejor nivel de vida.  

¿Es la corrupción un problema?

La corrupción es un fenómeno complejo. Ha sido estudiado por todas las ramas de las ciencias sociales, dando como resultado distintas opiniones al respecto. Algunos consideran que es el peor de los males que pueda aquejar a una sociedad, mientras otros la consideran productiva. Este artículo trata de dilucidar entre ambas ideas. El objetivo es explicar la relevancia de la corrupción, es decir, qué tan cierto es que no importa, o qué tan cierto es que es el peor de los males para una sociedad.

La primera de las posturas, que es la más conocida y comúnmente aceptada, es que la corrupción es un problema. El Banco Mundial es uno de los más importantes defensores de esta tesis, y dentro de sus objetivos está el combate a la corrupción. Las razones básicas que el BM da en contra de la corrupción son que afecta la capacidad gubernamental de invertir en lo socialmente necesario, distorsiona la toma de decisiones políticas, afecta los ingresos tributarios, fomenta la ineficiencia en el sector privado y la mala asignación de recursos, crea incertidumbre y conduce a otras formas de delincuencia.

La segunda postura, menos conocida y hasta contraintuitiva, surgió alrededor de los años 60 en un grupo de académicos que consideraban a la corrupción como un tipo de “aceite” que lubricaba la maquinaria estatal y empresarial. El primer estudio importante con esta tesis fue el de Nathaniel Leff que creía que en países con mucha regulación ineficaz, la corrupción servía para eliminarla. Otros académicos importantes que encontraban efectos beneficiosos en la corrupción son Samuel Huntington y Colin Leys. Recientemente Chiung-Ju Huang, de la Universidad Feng Chia de Taiwán, realizó un estudio donde afirmaba no encontrar evidencia de que la corrupción afectaba el crecimiento económico en Asia y el Pacífico. Yendo más lejos, el autor afirma que un aumento en el crecimiento económico lleva a un aumento en la corrupción. Investigadores del King’s College de Londres concluyeron que en Latinoamérica la corrupción tiene un impacto positivo en el desarrollo de transnacionales que entran en países con una alta percepción de corrupción, y que incluso, en algunos casos, contribuye al desempeño de las economías.

Ambas posturas tan alejadas reflejan lo escurridiza que puede ser la corrupción al analizarse. El análisis estadístico resulta necesario para navegar en este mar de ideas, y una primera aproximación debe darse entre la relación entre la corrupción y el bienestar de las personas.

Corrupción y bienestar

Siempre ha sido un problema para los economistas medir el bienestar de vida de las personas. El bienestar no es únicamente el dinero o la salud, pero ambas variables son importantes en él. Hace sentido considerar que tener más dinero y acceso a más bienes materiales mejora el bienestar de las personas, pero no se debe caer en el error de considerar que el dinero lo es todo. La salud también es muy importante, pues las personas necesitan gozar de buena salud para disfrutar de la riqueza material. Lo que no tiene sentido es ignorar el papel de ambos componentes en el bienestar de las personas.

A pesar de las limitaciones que conlleva, una medida comúnmente utilizada para analizar el bienestar económico es el PIB per cápita, que mide el nivel de producción promedio de un país dividido por el total de la población, en un determinado año. La corrupción también es difícil de cuantificar. Para analizarla se pueden utilizar los datos del Índice de Percepción de Corrupción (IPC), que es un índice elaborado por la ONG Transparencia Internacional. Este índice mide y clasifica a 180 países según el nivel percibido de corrupción del sector gubernamental. Esta clasificación se hace en base a encuestas a expertos y empresarios de cada país, ponderándolas en un índice compuesto de 16 encuestas de distintas instituciones como el Banco Mundial, The Economist y el Foro Económico Mundial, entre otros.

La gráfica 1 muestra la relación entre el ranking de países según su nivel de corrupción percibida y el PIB per cápita, siendo ambos datos de 2017.

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Fuente: Transparencia internacional y Banco Mundial. Datos de PIB per cápita ajustados por PPA a USD de 2011.

La gráfica anterior muestra que existe una relación entre corrupción percibida y el PIB per cápita. Para facilitar el entendimiento, debe explicarse que el ranking va de 1 a 180, donde 1 es el país menos corrupto y 180 el más corrupto. Los países mejor rankeados muestran mayores PIB per cápita. Caso contrario ocurre con los países más pobres, que aparecen en los últimos puestos del ranking. Michal Paulus y Ladislav Kristoufek de la Universidad Carolina en Praga  fueron los primeros en analizar esta relación. Formando grupos de países que comparten propiedades parecidas y posiciones cercanas en el ranking, encontraron cuatro grupos. La separación en el nivel de riqueza y de corrupción de estos cuatro grupos es clara, y ambas variables están claramente conectadas.

En el caso de la salud, la correlación también se ve al analizar los datos. La gráfica 2 muestra la relación entre el IPC y la tasa de mortalidad infantil, ambos datos de 2017. En este caso, el IPC es medido como un índice donde los países con mayor puntuación son los menos corruptos y viceversa. Por eso se observa una reducción paulatina en la mortalidad infantil a medida que aumenta el IPC.

Gráfica 2

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Fuente: Banco Mundial y Transparencia Internacional

La gráfica 3 muestra una relación similar, pero con la esperanza de vida al nacer. A medida que aumenta la puntuación de los países, aumentan los años de esperanza de vida. Los países más pobres tienen menor esperanza de vida. Este indicador es uno de los más importantes en el análisis del bienestar, pues las personas no solo quieren vivir mejor, sino también más.

 Gráfica 3

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Fuente: Banco Mundial y Transparencia Internacional. Datos de 2016.

El problema de usar una sola variable

En las 3 gráficas anteriores se incluye el coeficiente de determinación (R2). Este coeficiente indica cuánto de la variación en Y es explicado por la variación en X. En otras palabras, cuánto del cambio en una variable se explica por el cambio en la variable de análisis. En los últimos 2 casos se observan coeficientes menores al 50%, y el primero apenas supera ese porcentaje. Esto se incluyó a propósito en el artículo para mostrar uno de los problemas más básicos del análisis económico: no se puede utilizar una sola variable para explicarlo todo. Es necesario tener en cuenta todas las variables que afectan para poder explicar completamente un fenómeno, pero esto es prácticamente imposible. Por eso es un error tratar de entender el bienestar analizando aisladamente la salud, o la riqueza, o cualquier otra variable.

Teniendo en cuenta esa imposibilidad, hay que leer un dato interesante que surge del coeficiente de determinación: no se puede explicar el PIB per cápita, la tasa de mortalidad infantil o la esperanza de vida al nacer únicamente con la corrupción, pero algo de estas variables parece verse explicado por la percepción de corrupción. Aún con un análisis estadístico básico, como el del presente artículo, es evidente que la corrupción y el bienestar humano tienen cierto grado de correlación.

Es importante entender que la corrupción no explica el 100% del nivel de riqueza o bienestar porque la corrupción no es el único problema de los países. Como respalda la primera de las posturas mencionadas en el artículo, la corrupción es un problema para las economías, principalmente las más pobres. Pero no se puede ignorar que estos países tienen otros problemas que los atrapan en la pobreza como la falta de generación de capital que, a consideración del autor, es más importante.

La lucha total contra la corrupción no es lo único que se necesita para sacar a los países de la pobreza. Enfocarse únicamente en esto e ignorar otros problemas sociales prioritarios, como la pobreza extrema o la desnutrición infantil crónica, es no entender que en los fenómenos sociales no hay una sola causa. Ya que el 100% de las variables no se explica por la corrupción, no tiene mucho sentido dedicar esfuerzos únicamente a esta lucha. Este artículo sirve como introducción a esta idea poco explorada en el ambiente guatemalteco, pero de vital importancia si se quiere mejorar el nivel de vida de los más pobres. Porque, como se mencionó al inicio, no hay países sin corrupción. Pretender erradicar por completo este mal es no entender que toda organización social es proclive a la corrupción.

Como se abordará más adelante, para luchar contra la corrupción no hay receta única y es una batalla de resultados de muy largo plazo. Pretender que esa sea la única forma de mejorar el nivel de vida de los guatemaltecos es condenar a las siguientes generaciones a vivir una vida de escasez. Tan, o más importante, que la lucha contra la corrupción es la lucha contra la miseria. Y si bien la primera es aliada de la segunda, hay otras formas de luchar contra la pobreza más allá del enfoque de “acabar totalmente con la corrupción”.

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Jorge Eduardo García

Jorge Eduardo García

Jorge Eduardo García actualmente cursa el cuarto año de la carrera licenciatura en Economía con especialización en finanzas en la Universidad Francisco Marroquín. Ha participado en seminarios internacionales de la Foundation for Economic Education. Es research intern del Centro de Estudios Económico-Sociales (CEES) y también ha colaborado en experimentos con el Centro de Economía Experimental Vernon Smith de la UFM.

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1 Comentario

  1. MJGARCIA.GT@GMAIL.COM el 20 octubre, 2018 a las 6:18 pm

    Buen artículo Eduardo, estoy totalmente de acuerdo que la problemática que agobia la región centroamericana, como pobreza, inseguridad alimentaria, y violencia, no se explican a cabalidad por la corrupción. Por ende requieren soluciones holísitcas.
    Como guatemalteco me siente indignado muchas veces al ver noticias de políticos desfalcando las instituciones gubernamentales y cometiendo otros actos de corrupción. Sin embargo, artículos como este, refrescan mi memoria y hacen que no escatime otras áreas que están cobrando factura en el bienestar de la población.

    Saludos
    Manuel

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